A razón de lo que un amigo publica en su blog, y como no era lógico que mi contestación sobrepasara lo que debería medir un comentario normal, me animó a escribir algo de mis reflexiones acerca de lo que publicó.
Primero porque por mis costumbres no sería capaz de desprenderme de un libro a no ser que fuera del todo necesario. Y es que por no ser, no soy ni socio de la biblioteca, porque no me veo devolviendo los libros que leo, y eso me convertiría en un moroso. 
Aunque es cierto que, de los primeros libros que leí fue Yaiza. Una triología escrita por Alberto Vázquez Figueroa. Por entonces, no era adicto a la lectura ni me llamaba mucho, pero el estar fuera de Lanzarote haciendo el servicio militar en Zaragoza, sentí la necesidad de tener algo que me hablara de mi tierra, y pensé que con ese libro podría tener un vínculo y además olvidarme de la vida militar por espacios de tiempo.
Una vez terminé de leer el libro lo encontré tan interesante que se lo ofrecí a otro soldado, y este a su vez a otro, y le perdí la pista de donde podía estar, y al final lo doné a la pequeña biblioteca del 5º Depósito de Sementales de Zaragoza, que así se llamaba mi destino. Pero eso fue algo puntual, y aún tengo el deseo de, si no recuperar ese libro, tenerlo porque fue parte importante en mi vida. Tan importante fue en mi vida, que por casualidades de la vida, supe que Alberto Vázquez Figueroa, tenía una casa en Tías y con el tiempo la localicé, pero en ningún momento me mostré como un fan suyo por haber leido un libro.
Pero una día, cuando el servicio militar quedaba a diez años atrás, un ingeniero relacionado con mi trabajo, me dijo que tenía una entrevista con Alberto Vázquez Figueroa en su casa de Lanzarote y que vendría también su mujer, que había leído prácticamente todos sus libros. Me pidió que le acompañara, porque pensaba que me iba a gustar la idea. En ese momento pensé en que sólo había leído Yaiza, y había oido hablar a un amigo de su libro Tuareg, del que se había quedado completamente maravillado. Era tarde para ponerme a leer antes de la entrevista que sería a los dos días.
Rafael y su mujer, llegaron de Fuerteventura y quedamos en Tías para ir juntos hacia la casa del escritor. Era una casa amplia, con varios garajes y unas escaleras subía hasta una puerta abierta que daba a un hermoso patio con ese sol tardío del mes de agosto, y al preguntar por Alberto, un muchacho lo llamó y éste bajo por unas escaleras y después de saludarnos nos invitó a subir a su estudio, su refugio. Llegamos a una especie de sala con piso y techo de madera. Grandes ventanales que se abrían hacia el atlántico, y en el estudio, sillones cómodos, mesa de despacho, y libros, folios, carpetas, todo en un desorden ordenado. Alberto fumaba un puro, y la estancia olía al habano pero había aire acondicionado, necesario porque el sol casi daba todo el día en la estancia.
En otra mesa, se encontraba una pequeña maqueta de una desaladora de agua de mar, que él mismo había presentado ante el ministro de obras públicas del gobierno español, y ante el gobierno chileno, interesado en comprar la patente. Supuestamente éste asunto era el que le traía a Rafael, pero realmente quería contentar a su pareja, una chica mucho más joven que él, cubana, y entusiasta del escritor, al que le hizo varias preguntas sobre sus libros. Yo miraba alrededor, porque quería saber que se siente en un lugar donde se han creado tantas historias. Al poco oímos unos golpes en la puerta y subió una señora rubia, con un moreno resplandeciente donde el oro parecía relucir mas, de peluquería diaria, vestida de chanel, elegante. Nos saludó cortesmente y habló con Alberto y le dijo que bajaba a Arrecife, a una cita. Al poco subieron otros dos muchachos y se despidieron de él, llamándole papá. Cuando se marcharon, Alberto, nos dijo que al menos dos muchachos de los que estaban en la casa, no eran hijos de él. Uno de ellos era amigo de sus hijos, y al separarse sus padres pidió quedarse unos días en su casa a dormir, hasta que terminó adoptándolo.Bueno, volviendo a centrarme donde lo dejé antes de la anécdota de Alberto Vázquez Figueroa, prefiero que la biblioteca esté en mi casa, no me importa prestar los libros, siempre que éstos vuelva a su lugar. Las bibliotecas están para estudiar, consultar libros, pero no lo veo, actualmente, para un servicio de prestación de novelas.
Cierto, a mi también me gusta. También palpar las hojas y pesarlo, saber cuanto pesan las palabras... Me gusta mirar algunos libros que he leído y recordar algunas cosas de ellos. Aún no me he atrevido a a subrayar alguna frase que me llamase la atención, pero sí me atrevo a firmar el libro y poner la fecha en la que termino de leerlo.
Cada libro leido, lo asocio con una fase de mi vida personal, de ese momento o de aquel, de tal comida, de tal olor. Algo parecido como cuando ves una fotografía. En definitiva, no podría deshacerme de un libro que me haya, al menos, conmovido un poquito.


SÁBADO 05 DE JUNIO DE 2010 A LAS 20:30 HORAS
El concierto tendrá un duración de una hora y media. La primera parte serán temas interpretados por la orquesta de cámara La Caravaggia. Y una segunda parte donde la Coral Polifónica San Ginés interpreta junto a La Caravaggia, temas como Cucu, cucuú; Ay! Triste que vengo; Tres Morillas m'namoran; La Bomba; Fata la Parte. Temas de Mateo Flecha y Juan de la Encina.
Una composición de Mateo Felcha "el Viejo" denominada La Justa, con una duración de veinte munutos, será el broche del concierto. Ésta obra es muy interesante, porque se sostiene en las llamadas "ensaladas" que dio fama al autor en la vida cortesana. Ensaladas, porque con diferentes ritmos y lenguas (latín, castellano, catalán, portugués, italiano), nos relata una historia. En este caso, un torneo entre Lucifer y el primer padre, Adán. Éste último derrotado por Lucifer, es sustituido por Cristo, que como es de esperar, gana el torneo.
Quiero dejar este anticipo del concierto, y por supuesto, que esa noche llenaremos el convento con una ambientación propia para la ocasión, asi que.. no esperes a última hora, porque las 350 entradas se pondrán a la venta el próximo lunes 24 al precio de 12 euros. Estoy seguro que será una noche diferente!!. Gracias.
Para rematar los ramos de flores, Braulio nos llevaba al Restaurante Los Helechos de Haría, unas instalaciones que tenía colgados en sus techos infinidad de helechos, de ahí venía su nombre, y como cada año, le hacíamos un corte de pelo brutal a todas las jardineras que colgaban, y con todo ello marchábamos para la Iglesia de San Ginés, y el dueño, agradecido de tal colaboración y donación para la Semana Santa de San Ginés.
En la casi madrugada del Miércoles Santo, Braulio, mandaba a comprar bocadillos y refrescos para pasar la noche. Entonces se sentaba en los primeros bancos de la nave central y miraba hacia el Altar Mayor. Comenzaba a dar instrucciones, mientras yo me mantenía en una escalera de seis o más metros de altura. Subía con un ramo de flores en la mano, un martillo y una tacha. Entonces me gritaba: – más a la derecha, más, más (y casi medio cuerpo fuera de la escalera colocaba la tacha y el adorno floral). – víralo hacia la derecha, no tanto…, no tanto… Que manos de plata tienes jodio!!
Haciendo equilibrio abría con la llave una pequeña puertita y depositaba la custodia dentro. Con el mismo equilibrio, bajaba las mismas escaleras hacia atrás porque era imposible dar la vuelta. Entonces, nosotros que cantábamos en un corito creado para la ocasión, no quitábamos ojo al sacerdote, no sea que fuera a dar un mal paso y cayese del monumento. Afortunadamente nunca pasó nada fatídico y todo transcurrió tranquilamente.
Por otro lado, aparecía por la iglesia, Toni Orosa, magnífico florista, que vestía y hacía unos ramos de escándalo para el cristo muerto. La relación que le unía con el Santo Sepulcro, como le llamaban, era que su padre lo había tallado, aunque Nenita Arroyo lo reclamaba diciendo que fue donación de su padre que regentaba una funeraria y que en deshuso lo regaló a la iglesia. Lo cierto, es que el Cristo Muerto quitaba la respiración al verlo con aquel sudario bordado en oro y los ramos de flores junto con los candelabros de cristal. Media iglesia salía a la calle en la tarde del Viernes Santo. Comenzaba la procesión, La Santa Cruz con el sudario, luego un trono con San Juan, la Verónica, San Pedro y la Magdalena. En otro la Virgen de Los Dolores en trono de plata, y por último el Cristo Muerto.
El sábado por la mañana, Carmita de la Hoz, hacía una limpieza profunda de toda ornamentación y bajo la atenta mirada del Cristo Resucitado que se colocaba en lo alto del altar mayor, vestía con sobriedad y el refinamiento necesario, todo el altar. Era como una vuelta a la normalidad. Un grupo de amigos, veníamos ensayando durante un periodo de tiempo, las canciones para el Sábado de Resurrección. Las voces juveniles del corito y las canciones alegres, daban un aire de frescura a la celebración llena de simbolismo.
Y con eso, y con una chocolatada terminaba una semana frenética en una de las semanas santas vividas al amparo de la Iglesia de San Ginés. De cuyos recuerdos, todos agradables, me asoman a la cabeza.
Nosotros, los más pequeños veíamos, protegidos por la barrera formada por los pies de los mayores, a las mascaritas que gritaban y corrían y bailaban de un lado a otro.
Estaban Melquíades, Andrea, Amelia, Pano y Martín casi al final de la calle. Melquíades, tenía una pequeña tienda, no era la más importante, pero la que tenía más golosinas y en la época de carnavales, vendía diferentes tipos de antifaz, en su mayoría de cartón, que aún no se si él mismo los hacía.
Los primeros años, apenas con siete años, esperaba ansioso salir de clase a las 5 de la tarde, para merendar y salir corriendo a la explanada amurallada frente al Castillo de San Gabriel, donde se hacían la mayoría de las carrozas. Allí, mi padre, carpintero, junto a otros empleados del ayuntamiento y aficionados, iban construyendo las carrozas para el carnaval.
Yo ayudaba a mi padre y me recorría todos los rincones e iba viendo como día a día iban cogiendo forma aquellas carrozas. El primer año recuerdo que no se hizo una carroza en condiciones, fue algo pensado a última hora, o eso me pareció a mí, ahora que lo recuerdo.
Y con algunos vecinos, nos disfrazamos de indios y las carrozas eran los propios coches a los que se les habían colocado cañas y telas simulando las tiendas de los indios. Nosotros los más pequeños corríamos por entre las cabañas y emitíamos los sonidos de guerra de los indios.
Ese disfraz me costó lágrimas. Y es que casi dos días antes del coso, era imposible conseguir que alguien me hiciera el disfraz. Avispado como era, me recorrí las tiendas de Arrecife, Arencibia, Ferrer, Prats, y fue en Lasso donde encontré un disfraz de indio, ¡el más bonito del mundo!. Dentro de la caja, venía el pantalón y la camisa que terminaba en flecos de una tela como de franela. Además tenía las plumas de la cabeza, hacha de goma y cinto. Los niños cuando eso, y por mucho que te lo digan, no somos conscientes de la situación económica en la que está una familia con cinco hijos, y yo me empeñaba en tener el disfraz. Después de tantas lágrimas derramadas, mi madre accedió a darme el dinero y me compré el maravilloso disfraz de jefe indio.
Un empleado del ayuntamiento, que recuerdo tenía unas gafas de cristal grueso y su piel estaba afectada por el mal de melancolía, iba dando algunas instrucciones a mi padre, entonces hicieron el esqueleto de madera de la gallina, le dieron forma con tela metálica, la forraron de goma espuma y la recubrieron de yeso o escayola y luego pintaron encima.
A la par, todos los niños y niñas del barrio obteníamos los metros de tela correspondiente para el disfraz y un pequeño boceto que llevábamos a la costurera para que nos lo hiciera. Los niños íbamos de amarillo y las niñas de blanco. El día del coso, los más pequeños subían arriba de la carroza y los mayorcitos corrían por fuera de la carroza como gallinas fuera del gallinero. Por entonces, no era propio llevar bebidas en las manos e ir bebiendo y actuando como si no hubiese nadie mirándote.
Mi padre fue el primero que descubrió mi vena artística, y es que dotó a la carroza de altavoces y micro y me subió en ella para que fuera cantando “La Gallina Turuleca” de Miliki, Fofo y Fofito, y no me quedé afónico no se por qué.
La carroza llevaba una gran reproducción de una botella del Whisky Johnnie Walker, patrocinador ese año de la carroza y la muchachada íbamos bailando en todo el coso, como si de un desfile de auténticos escoceses delante de la mismísima Reina de Inglaterra. 
El viernes antes de carnaval, en la puerta de las fiestas de invierno, siempre aparecía varios grupos, uno de ellos comandado por Juanita Manrique, Carmita de la Hoz, Milagros Melero, hasta diez o quince, que mostraban un trabajo envidiable en disfraces muy elaborados, aunque eso si, todas llevaban antifaz. En El Almacén, a eso de la media noche, aparecía Cesar Manrique con mucho de sus amigos. Un año iba con una malla enteriza negra y todos los adornos eran unas bolas plateadas de distintos tamaños, pegadas a la malla.
(Sociedad Democracia) y allí íbamos la pandilla como algo disfrazados, porque en mucho de los casos, las corbatas y los “ternos” pertenecían a algún familiar cercano, y nos quedaban algo grandes. Entonces, sinceramente, nos aburríamos, porque estábamos toda la noche mirando a ver con quien bailábamos además de las chicas que iban con nosotros, claro, o buscando a gente conocida, por entonces apenas bebíamos alcohol. Y los tiempos cambian, ahora se sale para beber.
La vivienda, que tenía tres partes bien diferenciadas, tenía tres habitaciones antiguas de techos altos, otras dos habitaciones más, patio techado, cocina y baño de los años 60 y la parte trasera de habitaciones para el grano, elementos de labranza y todo eso, que era aún más antiguo que cualquiera de las otras dos partes de la casa campestre. Recuerdo que el pavimento de toda la casa era de un color verde botella pero con un acabado brillante, tan brillante que te podías ver en él, y acentuaba la sensación de frío en toda la casa. Desde por la tarde hasta cerca de las 12 estuvimos haciendo los preparativos de la cena, partimos el año sin haber cenado, y luego lo hicimos con tranquilidad.
Para la cena, me empeñé en hacer como primer plato “gambas en sarcófagos”, receta que había visto en una película que me impresionó, “El Festín de Babette”, pero la receta era con codornices, ingrediente que por entonces era inusual en la isla. La verdad es que las gambas escapaban y la salsa, pero los sarcófagos que eran como hojaldre estaban duros como piedras. El plato principal, ni me acuerdo, pero algo de carne creo que era. Y de postre, me había traído de casa un bizcochón que había hecho ese día en mi casa y lo pensaba adornar y dar una pequeña sorpresa.
Partí el bizcochón con agujero en el centro en tres capas y en una le puse crema y en otra licor. Luego monté claras y a escondidas coloqué un cohete que compre en el Palacio de los Juguetes y que tenía una pequeña mecha y al encenderla salía disparada la tapa superior cónica y con ella confetis, muñequitos de plástico, serpentinas, etc.
Pues cenando no cabía de la emoción que sentía en sorprender a la panda, y llegado el momento con la disculpa de sacarnos una foto con la tarta, la colocamos en la mesa, puse la máquina con disparador automático, mientras unos y otros nos colocábamos alrededor con cierto alboroto, porque habíamos bebido un poco, dije que iba a poner una vela, encendí la vela y disimuladamente la pequeña mecha, mientras saltó el flash de la cámara, al tiempo el cohete hizo explosión levantando una llamarada enorme que nos hizo retroceder y además de los confetis y los muñequitos de plástico, la tarta también salio por los aires y manchó paredes, muebles y todo lo que trincó incluido nosotros.
El pibe estaba tan mal que veía hasta doble, lo metemos en el coche y decidimos llevarlo a su casa, subimos en el ascensor, lo acostamos, mi amigo se queda con él y yo bajo por las escaleras resignado, cuando abro la puerta del portal empieza a amanecer. Se hizo de día. Entonces me fui para mi casa y me acosté.
– ¡¡A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a pasar un Fin de Año de esta forma!!.
Sin darme cuenta me encontraba recorriendo calles y espacios de una ciudad que pertenece a otros y que te la dejan unos días para que la admires, y entonces te das cuenta que esa noche puedes acudir a algún lugar de la ciudad, vestido como quieras, y participar de la llegada del Año Nuevo, y cuando pasa ese segundo después de las doce, sientes una libertad extraña, pero a la vez en un minuto pasan por tu cabeza todos tus seres queridos te alegras por ellos, te sientes afortunado de tenerlos y desde esa parte del mundo les mandas todo el cariño.
Al día siguiente, sigues haciendo turismo, la tierra sigue dando vueltas, las personas vuelven a sus trabajos, los coches ruedan por las calles, los monumentos se muestran donde siempre y tu eres testigo de ello, y te alegras de este pequeño descanso en medio de unas fiestas caóticas y en parte te alegras de librarte del agobio que supone los preparativos de más fiestas y el tener toda la noche una amplia sonrisa en la boca, cuando a veces deseas estar acostado en tu cama.
En Londres estuve hace diez años, en el 2000, y ahora recorrería las calles nuevamente, con otra visión. Casualidades, me quedé en el mismo hotel, lo encontré mejor y me gustó mucho más que la otra vez. Londres estaba igual de interesante y sus calles rebosaban mucha actividad, sin duda, o había muchos turistas o los ingleses están cambiando la mentalidad para salir mas tarde a cenar.