martes, 31 de agosto de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
FAMARENA 2010, FOTOS
La foto de la organización, solo falta Miguel el fotógrafo. De izquierda a derecha: María, Ibán, Gerardo, Roberto, Juana Teresa, Silvia, Eli y Maikel.
Mi prima Juana Rosa, que para eso se vino de Las Palmas. Gracias Prima!!!
Este año se celebró además de Miss y Mister Famarena, la elección de Lady Famarena en la Cubierta Superior del Sweet Karoline a las 17:30 horas. Rosi Robaina, Flamante LADY FAMARENA, acompañada de sus damas de honor
Entre otros, Marimar, Sonia, Jose, Alejandro, Yoli, disfrutando en la proa
Mi otra prima, Evelia y Encarna, vestida para un "Vacaciones en el Mar" diferente
Che Merino representando al Charco de San Ginés se alzó como Reina de la Cubierta del Sweet Karoline, con sus damasmartes, 10 de agosto de 2010
FAMARENA 2010 (Pinchar a la derecha en play)
Queridos amigos: este año vuelve Famarena, pero esta vez, cambia el lugar, la fiesta la haremos en el Barco Sweet Karoline.
Hay que estar en Puerto Calero sobre las 5:30 de la tarde para zarpar a las 6:00 rumbo a la costa de Papagayo, donde fondearemos, y los más atrevidos pueden darse un chapuzón o montar encima de la banana acuática.
Desde las 10 hasta las 2 de la madrugada, seguirá la fiesta atracados en el muelle, con música, juegos y mucha diversión.Hotel Costa Calero **** Precio habitación doble 1/2 pensión 119 €
domingo, 8 de agosto de 2010
EL FUTURO LLEGA, DEJEN PASO VIEJOS!!
A razón de lo que un amigo publica en su blog, y como no era lógico que mi contestación sobrepasara lo que debería medir un comentario normal, me animó a escribir algo de mis reflexiones acerca de lo que publicó.
Primero porque por mis costumbres no sería capaz de desprenderme de un libro a no ser que fuera del todo necesario. Y es que por no ser, no soy ni socio de la biblioteca, porque no me veo devolviendo los libros que leo, y eso me convertiría en un moroso. 
Aunque es cierto que, de los primeros libros que leí fue Yaiza. Una triología escrita por Alberto Vázquez Figueroa. Por entonces, no era adicto a la lectura ni me llamaba mucho, pero el estar fuera de Lanzarote haciendo el servicio militar en Zaragoza, sentí la necesidad de tener algo que me hablara de mi tierra, y pensé que con ese libro podría tener un vínculo y además olvidarme de la vida militar por espacios de tiempo.
Una vez terminé de leer el libro lo encontré tan interesante que se lo ofrecí a otro soldado, y este a su vez a otro, y le perdí la pista de donde podía estar, y al final lo doné a la pequeña biblioteca del 5º Depósito de Sementales de Zaragoza, que así se llamaba mi destino. Pero eso fue algo puntual, y aún tengo el deseo de, si no recuperar ese libro, tenerlo porque fue parte importante en mi vida. Tan importante fue en mi vida, que por casualidades de la vida, supe que Alberto Vázquez Figueroa, tenía una casa en Tías y con el tiempo la localicé, pero en ningún momento me mostré como un fan suyo por haber leido un libro.
Pero una día, cuando el servicio militar quedaba a diez años atrás, un ingeniero relacionado con mi trabajo, me dijo que tenía una entrevista con Alberto Vázquez Figueroa en su casa de Lanzarote y que vendría también su mujer, que había leído prácticamente todos sus libros. Me pidió que le acompañara, porque pensaba que me iba a gustar la idea. En ese momento pensé en que sólo había leído Yaiza, y había oido hablar a un amigo de su libro Tuareg, del que se había quedado completamente maravillado. Era tarde para ponerme a leer antes de la entrevista que sería a los dos días.
Rafael y su mujer, llegaron de Fuerteventura y quedamos en Tías para ir juntos hacia la casa del escritor. Era una casa amplia, con varios garajes y unas escaleras subía hasta una puerta abierta que daba a un hermoso patio con ese sol tardío del mes de agosto, y al preguntar por Alberto, un muchacho lo llamó y éste bajo por unas escaleras y después de saludarnos nos invitó a subir a su estudio, su refugio. Llegamos a una especie de sala con piso y techo de madera. Grandes ventanales que se abrían hacia el atlántico, y en el estudio, sillones cómodos, mesa de despacho, y libros, folios, carpetas, todo en un desorden ordenado. Alberto fumaba un puro, y la estancia olía al habano pero había aire acondicionado, necesario porque el sol casi daba todo el día en la estancia.
En otra mesa, se encontraba una pequeña maqueta de una desaladora de agua de mar, que él mismo había presentado ante el ministro de obras públicas del gobierno español, y ante el gobierno chileno, interesado en comprar la patente. Supuestamente éste asunto era el que le traía a Rafael, pero realmente quería contentar a su pareja, una chica mucho más joven que él, cubana, y entusiasta del escritor, al que le hizo varias preguntas sobre sus libros. Yo miraba alrededor, porque quería saber que se siente en un lugar donde se han creado tantas historias. Al poco oímos unos golpes en la puerta y subió una señora rubia, con un moreno resplandeciente donde el oro parecía relucir mas, de peluquería diaria, vestida de chanel, elegante. Nos saludó cortesmente y habló con Alberto y le dijo que bajaba a Arrecife, a una cita. Al poco subieron otros dos muchachos y se despidieron de él, llamándole papá. Cuando se marcharon, Alberto, nos dijo que al menos dos muchachos de los que estaban en la casa, no eran hijos de él. Uno de ellos era amigo de sus hijos, y al separarse sus padres pidió quedarse unos días en su casa a dormir, hasta que terminó adoptándolo.Bueno, volviendo a centrarme donde lo dejé antes de la anécdota de Alberto Vázquez Figueroa, prefiero que la biblioteca esté en mi casa, no me importa prestar los libros, siempre que éstos vuelva a su lugar. Las bibliotecas están para estudiar, consultar libros, pero no lo veo, actualmente, para un servicio de prestación de novelas.
Cierto, a mi también me gusta. También palpar las hojas y pesarlo, saber cuanto pesan las palabras... Me gusta mirar algunos libros que he leído y recordar algunas cosas de ellos. Aún no me he atrevido a a subrayar alguna frase que me llamase la atención, pero sí me atrevo a firmar el libro y poner la fecha en la que termino de leerlo.
Cada libro leido, lo asocio con una fase de mi vida personal, de ese momento o de aquel, de tal comida, de tal olor. Algo parecido como cuando ves una fotografía. En definitiva, no podría deshacerme de un libro que me haya, al menos, conmovido un poquito.


jueves, 20 de mayo de 2010
CONCIERTO MEDIEVAL
CONCIERTO MEDIEVAL
SÁBADO 05 DE JUNIO DE 2010 A LAS 20:30 HORAS
CONVENTO SANTO DOMINGO DE TEGUISE
Querid@s tod@s: un año más nos vemos inmersos en el Encuentro de Música que organizamos desde la Asociación Coral Polifónica San Ginés.
Será el próximo día 5 de junio a las 8:30 de la noche en el Convento Santo Domingo de la Villa de Teguise.
Este año, lo hemos dedicado al Siglo de Oro, compartiremos con la orquesta de cámara La Caravaggia, de Barcelona, un repertorio medieval.
El concierto tendrá un duración de una hora y media. La primera parte serán temas interpretados por la orquesta de cámara La Caravaggia. Y una segunda parte donde la Coral Polifónica San Ginés interpreta junto a La Caravaggia, temas como Cucu, cucuú; Ay! Triste que vengo; Tres Morillas m'namoran; La Bomba; Fata la Parte. Temas de Mateo Flecha y Juan de la Encina.
Una composición de Mateo Felcha "el Viejo" denominada La Justa, con una duración de veinte munutos, será el broche del concierto. Ésta obra es muy interesante, porque se sostiene en las llamadas "ensaladas" que dio fama al autor en la vida cortesana. Ensaladas, porque con diferentes ritmos y lenguas (latín, castellano, catalán, portugués, italiano), nos relata una historia. En este caso, un torneo entre Lucifer y el primer padre, Adán. Éste último derrotado por Lucifer, es sustituido por Cristo, que como es de esperar, gana el torneo.
Quiero dejar este anticipo del concierto, y por supuesto, que esa noche llenaremos el convento con una ambientación propia para la ocasión, asi que.. no esperes a última hora, porque las 350 entradas se pondrán a la venta el próximo lunes 24 al precio de 12 euros. Estoy seguro que será una noche diferente!!. Gracias.ENTRADAS: 12 €
PUNTOS DE VENTA: LUNA RECORDS (CALLE MÉJICO) CASA SANTIAGO (TEGUISE) BOUTIQUE LIMA LIMÓN (TITERROY)
jueves, 15 de abril de 2010
SEMANA SANTA ARRECIFE
Mucho ha llovido en la Semana Santa, desde hace al menos unos 20 años aproximadamente.Por entonces, recuerdo que nuestra diversión estaba en la preparación de los días previos de Semana Santa en la Iglesia de San Ginés. Braulio de León, que fue director de la Coral Polifónica San Ginés, trabajaba activamente en los actos de la Semana Santa, sobre todo, en la preparación del Monumento del Jueves Santo. Un derroche de imaginación, ponían ese día, un pedacito de cielo en la tierra. Hoy me parece casi asombroso todo lo que hacíamos, ya que bajo la batuta de Braulio, nosotros, los muchachos, trabajábamos por las noches, una vez terminada la misa de ocho. El sótano, el camerín y la sacristía de la iglesia, era nuestro lugar de trabajo para tener todo previsto para el Jueves Santo.
Cierto es, que Braulio tenía una peculiar forma de llevar las cosas y organizar el cotarro. Siempre dejaba a todos con una sorpresa final que ni el mismo sabía que reacción iba a generar. No llevaba papeles encima, ni jamás realizó un boceto sobre lo que pensaba hacer. Nosotros trabajábamos a ciegas. Esto es, - Coge aquí esto y píntalo de blanco-, - coge aquello y píntale los ribetes dorados-, y así íbamos haciendo y acumulando material para, por fin, montar el miércoles santo por la noche y volver a la mañana siguiente a terminar el Monumento del Jueves Santo.
En la mañana del Jueves Santo, Braulio nos mandaba a casa de Doña esta y Doña la otra, a recoger el mantel de la mesa del altar, la otra los paños del cáliz y la patena, la otra las toallas para lavar los pies a los monaguillos, y así unas cuantas paradas en casas de señoras devotas que tenían preparado con esmero y mucho almidón, distintos ornamentos necesarios para esa noche. Ellas eran poseedoras de tal responsabilidad todos los años.
El Monumento se instalaba en la parte trasera del Altar Mayor, comenzaba a montarse desde abajo, con mesas, tarimas viejas remendadas, todo ese armatoste que se elevaba casi a ocho metros de altura, que luego se revestía de tela blanca de raso y sobre ella se colocaban infinidad de candelabros de madera y de plata, y jarrones de flores en una explosión tal, que en mi vida había visto tanta flores juntas, ni en la floristería de Teresita en la calle Triana. Éstas venían expresamente de Tenerife, y se pedían con antelación al invernadero. Casi siempre se combinaban dos colores, el blanco era uno de ellos y el amarillo era el otro que mas acompañaba, aunque cada año variaba a un rosa o rojo. Claveles, gladiolos, y rara vez rosas o margaritas.
Para rematar los ramos de flores, Braulio nos llevaba al Restaurante Los Helechos de Haría, unas instalaciones que tenía colgados en sus techos infinidad de helechos, de ahí venía su nombre, y como cada año, le hacíamos un corte de pelo brutal a todas las jardineras que colgaban, y con todo ello marchábamos para la Iglesia de San Ginés, y el dueño, agradecido de tal colaboración y donación para la Semana Santa de San Ginés.
En la casi madrugada del Miércoles Santo, Braulio, mandaba a comprar bocadillos y refrescos para pasar la noche. Entonces se sentaba en los primeros bancos de la nave central y miraba hacia el Altar Mayor. Comenzaba a dar instrucciones, mientras yo me mantenía en una escalera de seis o más metros de altura. Subía con un ramo de flores en la mano, un martillo y una tacha. Entonces me gritaba: – más a la derecha, más, más (y casi medio cuerpo fuera de la escalera colocaba la tacha y el adorno floral). – víralo hacia la derecha, no tanto…, no tanto… Que manos de plata tienes jodio!!Sigo diciendo, que quiso Dios que no pasara nada afortunadamente en todos los años que nos encaramamos en esos altares.
El Jueves Santo por la mañana, se daban los últimos retoques a todo el monumento. Éste se escondía tras unas cortinas de más de diez metros de alto y todo el ancho del Altar Mayor, y después de la consagración, los monaguillos abrían las cortinas, a veces con cierta torpeza que hacía trinar de rabia por lo bajo a Braulio, que con una llamada de atención les hacía señas para que la abrieran del todo. Y aparecía el monumento resplandeciente con más de 200 velas encendidas, que casi desde el comienzo de la misa iba encendiendo Gines padre y Marcial, con sumo cuidado. Utilizaban unas varas de dos metros que tenían un pabilo y con ellas llegaban a todas las velas. Al finalizar la Eucaristía, el sacerdote, armándose de valor, subía las empinadas escaleras cubiertas de tela de raso, con la custodia en las manos intentaba no pisarse la sotana, hasta llegar al Sagrario que siempre se colocaba en lo alto del Monumento.
Haciendo equilibrio abría con la llave una pequeña puertita y depositaba la custodia dentro. Con el mismo equilibrio, bajaba las mismas escaleras hacia atrás porque era imposible dar la vuelta. Entonces, nosotros que cantábamos en un corito creado para la ocasión, no quitábamos ojo al sacerdote, no sea que fuera a dar un mal paso y cayese del monumento. Afortunadamente nunca pasó nada fatídico y todo transcurrió tranquilamente.Desde el corito, que se situaba en el Altar del Carmen, me gustaba ver las caras de la gente cuando se abrían las cortinas y se apreciaba aquel derroche de imaginación celestial. Muchos se emocionaban, porque si alguien puede por un momento pensar en cómo sería el cielo, aquello era lo más que se aproximaba.
Por la noche, sobre las once, comenzaba La Adoración. Braulio permanecía sentado mucho rato en silencio mirando su obra, sin casi pestañear, sin casi hacer caso de lo que sucedía alrededor, sin casi estar en la tierra.
En ese entonces, el requerimiento que se nos pedía para ayudar era muy variado y a veces rentable.
Por otro lado, aparecía por la iglesia, Toni Orosa, magnífico florista, que vestía y hacía unos ramos de escándalo para el cristo muerto. La relación que le unía con el Santo Sepulcro, como le llamaban, era que su padre lo había tallado, aunque Nenita Arroyo lo reclamaba diciendo que fue donación de su padre que regentaba una funeraria y que en deshuso lo regaló a la iglesia. Lo cierto, es que el Cristo Muerto quitaba la respiración al verlo con aquel sudario bordado en oro y los ramos de flores junto con los candelabros de cristal. Media iglesia salía a la calle en la tarde del Viernes Santo. Comenzaba la procesión, La Santa Cruz con el sudario, luego un trono con San Juan, la Verónica, San Pedro y la Magdalena. En otro la Virgen de Los Dolores en trono de plata, y por último el Cristo Muerto.No había banda de música. Se colocaban a lo largo del recorrido unos altavoces en el que se oían canciones, principalmente orquestales, pero que transmitían mucho.
Ya cuando terminaba todas esas procesiones, pensábamos en la noche que nos venía encima, porque a eso de la una de la madrugada, comenzábamos a bajar de los tronos a los santos e intentar guardar todo, dentro de lo posible, que era imposible.
El sábado por la mañana, Carmita de la Hoz, hacía una limpieza profunda de toda ornamentación y bajo la atenta mirada del Cristo Resucitado que se colocaba en lo alto del altar mayor, vestía con sobriedad y el refinamiento necesario, todo el altar. Era como una vuelta a la normalidad. Un grupo de amigos, veníamos ensayando durante un periodo de tiempo, las canciones para el Sábado de Resurrección. Las voces juveniles del corito y las canciones alegres, daban un aire de frescura a la celebración llena de simbolismo.
Y con eso, y con una chocolatada terminaba una semana frenética en una de las semanas santas vividas al amparo de la Iglesia de San Ginés. De cuyos recuerdos, todos agradables, me asoman a la cabeza.
sábado, 13 de marzo de 2010
MIS CARNAVALES EN ARRECIFE
En mi línea habitual de relatos, me voy a referir a los carnavales que gocé cuando aún tenía siete años. Los primeros carnavales que recuerdo son los de mascarita que por mi calle, y a falta de disfraces, los vecinos recorrían refajados con ropas de parientes. En su mayoría eran mujeres que se disfrazaban de hombres rellenando los sobrantes con almohadas o trapos para disimular la silueta, y por supuesto antifaz o careta y voz aguda de mascarita. Esas mascaritas que parecían conocer a todos y buscaban algún secreto confesable, a lo que la gente contestaba riéndose y adivinando quienes podrían ser.
Nosotros, los más pequeños veíamos, protegidos por la barrera formada por los pies de los mayores, a las mascaritas que gritaban y corrían y bailaban de un lado a otro.En la calle Jacinto Borges, había más de una tienda.
Estaban Melquíades, Andrea, Amelia, Pano y Martín casi al final de la calle. Melquíades, tenía una pequeña tienda, no era la más importante, pero la que tenía más golosinas y en la época de carnavales, vendía diferentes tipos de antifaz, en su mayoría de cartón, que aún no se si él mismo los hacía.Por entonces, el Ayuntamiento de Arrecife en los carnavales, subvencionaba a grupos interesados en salir en el coso, para que pudiesen hacer carrozas y vestuario siempre con un tema.
Los primeros años, apenas con siete años, esperaba ansioso salir de clase a las 5 de la tarde, para merendar y salir corriendo a la explanada amurallada frente al Castillo de San Gabriel, donde se hacían la mayoría de las carrozas. Allí, mi padre, carpintero, junto a otros empleados del ayuntamiento y aficionados, iban construyendo las carrozas para el carnaval.
Yo ayudaba a mi padre y me recorría todos los rincones e iba viendo como día a día iban cogiendo forma aquellas carrozas. El primer año recuerdo que no se hizo una carroza en condiciones, fue algo pensado a última hora, o eso me pareció a mí, ahora que lo recuerdo.
Y con algunos vecinos, nos disfrazamos de indios y las carrozas eran los propios coches a los que se les habían colocado cañas y telas simulando las tiendas de los indios. Nosotros los más pequeños corríamos por entre las cabañas y emitíamos los sonidos de guerra de los indios.
Ese disfraz me costó lágrimas. Y es que casi dos días antes del coso, era imposible conseguir que alguien me hiciera el disfraz. Avispado como era, me recorrí las tiendas de Arrecife, Arencibia, Ferrer, Prats, y fue en Lasso donde encontré un disfraz de indio, ¡el más bonito del mundo!. Dentro de la caja, venía el pantalón y la camisa que terminaba en flecos de una tela como de franela. Además tenía las plumas de la cabeza, hacha de goma y cinto. Los niños cuando eso, y por mucho que te lo digan, no somos conscientes de la situación económica en la que está una familia con cinco hijos, y yo me empeñaba en tener el disfraz. Después de tantas lágrimas derramadas, mi madre accedió a darme el dinero y me compré el maravilloso disfraz de jefe indio.Al año siguiente, que fue cuando se comenzó a construir la carroza, el tema escogido era gallinas y gallos. La carroza era una gran gallina de aproximadamente 5 metros de altura, o más, y que estaba en un patio de una casa. La casa era lo que tapaba la cabina del camión. Cuando mi padre comenzó a realizar todas las barandillas, la caseta, entonces asistí a la construcción de la súper gallina gigante.
Un empleado del ayuntamiento, que recuerdo tenía unas gafas de cristal grueso y su piel estaba afectada por el mal de melancolía, iba dando algunas instrucciones a mi padre, entonces hicieron el esqueleto de madera de la gallina, le dieron forma con tela metálica, la forraron de goma espuma y la recubrieron de yeso o escayola y luego pintaron encima.
A la par, todos los niños y niñas del barrio obteníamos los metros de tela correspondiente para el disfraz y un pequeño boceto que llevábamos a la costurera para que nos lo hiciera. Los niños íbamos de amarillo y las niñas de blanco. El día del coso, los más pequeños subían arriba de la carroza y los mayorcitos corrían por fuera de la carroza como gallinas fuera del gallinero. Por entonces, no era propio llevar bebidas en las manos e ir bebiendo y actuando como si no hubiese nadie mirándote.
Mi padre fue el primero que descubrió mi vena artística, y es que dotó a la carroza de altavoces y micro y me subió en ella para que fuera cantando “La Gallina Turuleca” de Miliki, Fofo y Fofito, y no me quedé afónico no se por qué.Los años siguientes, preparábamos con esmero los carnavales y semanas antes, ensayábamos en el patio de la Escuela de Doña Nieves de como teníamos que desfilar y que hacer. Un año, un tal León de nacionalidad inglesa, que actualmente vende los deliciosos creps en el carrito color violeta que se ven en las fiestas, nos enseñó un baile escocés.
La carroza llevaba una gran reproducción de una botella del Whisky Johnnie Walker, patrocinador ese año de la carroza y la muchachada íbamos bailando en todo el coso, como si de un desfile de auténticos escoceses delante de la mismísima Reina de Inglaterra. 
Y otro año, en que la carroza iba de casino de juegos, una completa baraja española caminaba detrás. Mi padre era el Rey de Espadas, yo el Caballo de Espadas y mi hermana la Sota de Espadas. Surgió un problema en el último momento. Yo llevaba uno de los caballos hecho de tela metálica recubierto de goma espuma y tela, pero mira por donde, se olvidaron de guardarme suficiente tela para el caballo. Mi padre se enfadó muchísimo y cogió el caballo y se desapareció. Volvió una hora antes del coso con el caballo terminado. El mío era diferente al de todos, mi caballo no era de tela, era de yeso aún medio fresco y pintado. Ahora, pesaba lo suyo, porque además la escayola aún estaba húmeda, pero era el más bonito de los cuatro. En el coso, corriendo con el caballo de un lado a otro, sentí como por las piernas cayó algo de dentro que casi hace que me viniera al suelo. Comprobé que era un estuche de crillones de colores, que mi hermana me había escondido ese mismo día en la tarde, menos mal que no me caí con caballo incluido, aunque poco faltó, ella se rió no se sabe cuanto, yo aún aguantaba las ganas de pelearme nuevamente con ella, como era casi a diario.
Cuando terminé en esos años en los que salía con los vecinos y la cosa ya no siguió por orden o deseo de no se quién, comenzaron los carnavales de adolescente por el coso y por las noches en El Mercantil (La Democracia).
Los disfraces para el coso, y en general, tenían que ser un derroche de imaginación e ingenio, porque además no solo había que lucirlo, sino sacarle partido. Se actuaba, las mascaritas cogían el rol de lo que iban disfrazadas: la monja embarazada se paseaba con la biblia en las manos con cara de haber sido “por la gracia de Dios”, otra embarazada aparecía vestida con traje de novia a reventar y se desmayaba, el viejo hacía temblar sus manos y piernas, mientras flirteaba con las jovencitas, los bomberos se metían con las mangueras por medio del público, los falsos policías detenían a los que miraban el coso. En definitiva, el público estaba expuesto a cualquier fechoría que le realizara cualquier mascarita.
El viernes antes de carnaval, en la puerta de las fiestas de invierno, siempre aparecía varios grupos, uno de ellos comandado por Juanita Manrique, Carmita de la Hoz, Milagros Melero, hasta diez o quince, que mostraban un trabajo envidiable en disfraces muy elaborados, aunque eso si, todas llevaban antifaz. En El Almacén, a eso de la media noche, aparecía Cesar Manrique con mucho de sus amigos. Un año iba con una malla enteriza negra y todos los adornos eran unas bolas plateadas de distintos tamaños, pegadas a la malla.Pasado el viernes, luego el sábado, el coso del lunes, el maravilloso entierro de la sardina donde un despliegue de viudas lloraban y se desmayaban detrás la querida sardina, aún quedaba lugar para el Sábado de Piñata en la Sociedad Democracia. Todos acudían vestidos con un pijama, acompañados de candelabros en las manos, palmatorias, escupideras, etc etc. Un trocito de mi carnaval..